HOMILÍA EN EL VII DOMINGO DEL TIMEPO ORDINARIO

February 20, 2022


HOMILÍA EN EL VII DOMINGO DEL TIMEPO ORDINARIO

 

«El Señor condena el pecado, pero acoge al pecador»

 

Quiero iniciar con un saludo para cada uno de ustedes, queridos hermanos en Jesucristo nuestro Señor, tanto a los varones como a las mujeres, tanto a los niños como los adolescentes y jóvenes, y de una manera muy particular a los jóvenes que durante esta semana tuvieron la experiencia de vivir un encuentro con el Señor Jesús en un retiro llamado Pre-seminario, los saludo a estos 22 jovencitos y los tengo presentes en mi oración para que el Señor les ayude a ir descubriendo el llamado del Señor. Saludo también a quienes nos siguen a través de las plataformas digitales y que con este espíritu de fe participan de la celebración eucarística desde nuestra santa Iglesia Catedral de Corpus Christi aquí en el corazón de Tlalnepantla. También saludo a quienes nos siguen a través de la radio a través de Radio María, que nos ofrece la oportunidad también de llegar a muchos rincones de la Diócesis, del Estado de México, del país y más allá de nuestras fronteras nacionales a través de la radio y a través de estos medios digitales. Saludo con mucho cariño a quienes nos siguen en diferentes partes del mundo, sobre todo a quienes están unidos con nosotros en Estados Unidos, que son muchos feligreses, que son muchos hermanos nuestros, incluso familiares; les enviamos un cordial saludo deseando que la paz de Cristo reine en sus corazones.

Mis amados hermanos, hoy escuchamos las palabras de Jesús, que nos invitan, en primer lugar, a darle gracias, a darle gracias porque su Palabra es vida, porque su Palabra es luz, porque la Palabra de Jesús es ese alimento que va fortaleciendo nuestra fe para que podamos caminar como discípulos y misioneros de Jesús. El texto que hoy hemos escuchado del Evangelio de San Lucas es un texto en el que el evangelista nos invita a descubrir el deseo que Dios tiene para nosotros, lo que Dios quiere para nosotros o, dicho de otra forma, para que conozcamos la voluntad de Dios en nuestra vida. Muchas veces nosotros le hemos preguntado al Señor: "Señor, ¿qué quieres de mí? ¿qué quieres que haga?". Y justamente hoy escuchamos la respuesta a esta pregunta, una respuesta que tal vez nos desconcierta, una respuesta que tal vez nos asusta, pero es una respuesta verdadera y que nos va a conducir a la vivencia de la voluntad de Dios en nuestra vida. Y ¿qué es lo que el Señor quiere de nosotros? ¿cuál es la respuesta del Señor? Que seamos misericordiosos como Él es misericordioso. Por eso en el Padre nuestro Jesús nos dice en una de las partes más hermosas de esta oración: «Cuando se dirijan al Padre digan: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» y otras páginas del Evangelio descubrimos cómo el Señor Jesús nos hace ver que una de las actitudes más hermosas que nos identifican y que nos hacen semejantes a nuestro Padre Dios es el perdón, es la misericordia.

Dios nos ama tanto, dice el Evangelio de San Juan en el capítulo 3 versículos 16, que envió a su Hijo al mundo para que todo el que cree en Él no parezca, sino que tenga la vida eterna, porque tanto amó Dios al mundo que no dudó en enviarnos a su amor, a su único y eterno amor, a su Hijo Jesucristo, y precisamente nos lo envió para manifestarnos su misericordia, para decirnos cuánto nos ama y por ese amor tan grande que nos tiene es capaz de perdonar nuestros pecados, es capaz de curar nuestras heridas ocasionadas por la maldad del corazón humano, es capaz de restaurar al hombre viejo y convertirnos en hombres nuevos, como lo dice hermosamente San Pablo en la segunda lectura que escuchamos: Dios es capaz de hacernos creaturas nuevas, Dios es capaz de hacernos hombres nuevos en su Hijo Jesucristo, por su Hijo amado, por su Hijo, por el Hijo de sus complacencias. De tal manera que lo que nos hace semejantes a Dios es el perdón y Dios quiere también que nosotros perdonemos así como Él nos perdona; Dios quiere que nuestro corazón esté libre de todo odio, de todo rencor, de toda venganza, porque el rencor, el odio y la venganza no solamente nos apartan del proyecto del Reino de los Cielos, inaugurado por Jesús, sino que nos hacen opositores al Reino, nos hacen, dicho de una manera muy fuerte, enemigos del Reino de Dios. Por eso el perdón y la misericordia son las características que nos asemejan, que no se hacen muy parecidos a nuestro Padre misericordioso.

Qué hermosa la enseñanza que nos da la primera lectura, cuando David tiene la oportunidad de vengarse de su hermano, cuando David tiene la posibilidad de acabar con él y de vengar todo ese daño, toda esa maldad que Saúl había realizado en contra de su hermano David. Sin embargo, David descubre que es mejor el perdón que la venganza, que es mejor la vida que la muerte, que es mejor la paz que la violencia. Esto es lo que el Señor Jesús, mis amados hermanos, nos dice en el Evangelio de varias formas: «Perdona y serás perdonado; no juzgues y no serás juzgado; no condenes y no serás condenado; no critiques y no serás criticado», y termina el texto diciendo: «Porque con la misma vara que midas, con esa misma serás medido».

Dios nos mide con la medida de su amor, con la medida de su misericordia, con la medida de su perdón, y esa es la medida que debemos utilizar incluso para nuestros enemigos, incluso para aquellos que no nos queren bien, porque qué recompensa o qué mérito hay cuando tú amas al que te ama, cuando tú ayudas al que te ayuda, cuando tú prestas al que sabes que te va a pagar el préstamo y tal vez con intereses, dice Jesús, «eso mismo hacen los que no creen en Dios». De tal manera que la diferencia está en el amor, en el perdón y en la misericordia que brote de nuestra práctica cristiana como un reflejo del amor, de la misericordia y del perdón de Dios.

Mis llamadas hermanas y hermanos, vivimos en un mundo muy egoísta, vivimos en un mundo lleno de competitividad, vivimos en un mundo en donde todos esperamos o buscamos siempre la recompensa a lo que dijimos o a lo que hicimos, y siempre esperamos una buena paga, siempre esperamos una buena recompensa, y cuando no la recibimos nos enojamos, nos desilusionados y dejamos de hacer el bien. Hoy el Señor Jesús nos dice: No solamente pórtate bien, no solamente sé buena persona, sino ve más allá, haz el bien, practica la justicia, practica la misericordia, practica el perdón para que tu Padre que ve en lo secreto te recompense.

Es muy importante que también en esta celebración pidamos por los que imparten justicia, la justicia humana, para que la luz del Espíritu Santo ilumine a los impartidores de justicia, de la justicia humana, de quienes tienen el conocimiento, de quienes tienen en sus manos la capacidad de juzgar las acciones de quienes han delinquido, de quienes han cometido un error, una falta o un delito, para que sean juzgados con rectitud, con equidad, para que las leyes se apliquen no a la conveniencia sino favoreciendo siempre a la persona en su rehabilitación, en su reconciliación con Dios, consigo mismo y con los demás y en su crecimiento como persona. El pecado nos destruye, el mal está constantemente acechándonos, pero la gracia de Dios, la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones hará posible que todas esas actitudes con las que dañamos a nuestros hermanos el Señor nos las perdone y una vez nosotros restablecidos, renovados, una vez convertidos al Señor podamos restituir en lo posible los daños causados.

El Señor condena el pecado, pero acoge al pecador. Que también nosotros seamos capaces de perdonar a aquellas personas que nos han dañado, rechazando y condenando aquellas actitudes que manifiestan odio, división, rencor, separación, destrucción, y pidámosle al Señor, el Príncipe de la paz, pidámosle al Señor, el Rey de justicia, que nos ayude a ser justos como Él es justo, a amar como Él nos ha amado y perdonar como Él nos perdona permanentemente. Que así sea.

 

+ Efraín Mendoza Cruz
Obispo Auxiliar de Tlalnepantla