HOMILÍA EN EL VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

February 27, 2022


HOMILÍA EN EL VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

«Quiten primero la viga de su ojo y después corrijan»

 

Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:

Les saludo a todos en este domingo, día del Señor, deseándoles salud, paz, alegría, a ustedes que están aquí presencialmente, pero también a todas las personas a las que a través de estos maravillosos medios digitales podemos llegar, a sus hogares, a sus casas, tanto de nuestra Arquidiócesis como en distintos lugares de la República Mexicana y también del extranjero; que realmente la Palabra de Dios enriquezca nuestra vida y salgamos nosotros de este Eucaristía animados en medio de las dificultades propias de la vida, de los retos, de los desafíos, pero siempre la Palabra de Dios nos fortalece, nos ilumina para seguir con esperanza en nuestra vida.

Después del tiempo de Navidad empezamos a vivir lo que se llama el Tiempo Ordinario, hoy celebramos el VIII Domingo del Tiempo Ordinario y terminamos una primera parte cerrando este domingo, porque ya el próximo miércoles empezamos otro tiempo litúrgico llamado Cuaresma, inaugurado con el Miércoles de Ceniza, con este signo, con ese camino de conversión al que nos invita la Iglesia. Después vendrá la Pascua, hasta llegar a Pentecostés, y después se reanuda nuevamente el Tiempo Ordinario.

Este domingo Jesús nos habla todos nosotros, como les habló en su tiempo sobre todo a los fariseos, a los supuestos doctores de la ley, o que sabían mucho, pero su vida iba muy distinta a la Palabra de Dios. Entonces hoy Jesús les dice que un ciego no puede guiar a otro ciego, porque hay el peligro de que los dos caigan. Imaginémonos si hay un precipicio o si hay un hoyo, hay el peligro de que se caigan. De tal manera que hoy Jesús les está diciendo ellos, pero sabemos que la Palabra de Dios es para todos los tiempos, para el pasado, el presente y el futuro; y lo que les dice a ellos también nosotros tenemos que aplicarlo. Les dice que ellos se fijan en cosas pequeñitas y quieren quitar la paja del ojo ajeno, pero no están viendo la viga que traen. Es una crítica fuerte, porque muchas veces nosotros también podemos constituirnos como jueces y criticar a muchas personas, pero nosotros tenemos el ejemplo más importante en Jesús, en el Padre también, en Dios, que no es un juez sino es un Padre misericordioso que lo que quiere es el cambio de vida.

De tal manera que la corrección sí es buena, es uno de los temas bien importantes en el Evangelio, pero la corrección fraterna, es decir, con amor. Así como un papá y una mamá a veces tienen que corregir a los hijos, a veces puede faltar tino, pero cuando lo hacen con cariño, con amor, a veces no les gustará, o no nos gustará que nos critiquen fraternalmente, pero que también hace mucho bien. Entonces por eso Jesús hoy dice: «Quiten primero la viga de su ojo y después corrijan». Es muy importante la palabra, pero todavía más importante son las obras.

Hoy en la primera lectura que escuchamos, de libro del Eclesiástico, el Sirácide, escuchamos cómo a una persona se le conoce también por la palabra, la palabra cuando es una palabra prudente y una palabra luminadora, pero todavía son más importantes los frutos, «por sus frutos los conoceréis». Podemos hablar mucho, pero lo que importa a fín de cuentas son las acciones, las sobras.

Por eso hoy podemos preguntarnos nosotros cuáles son nuestras obras, cuáles son nuestros frutos, de qué hablamos nosotros en nuestra vida cotidiana, porque fíjense que se dice, con mucha razón hoy la Palabra de Dios, que de la abundancia del corazón habla la boca, es decir, de lo que traemos en nuestro corazón es de lo que hablamos. Sería una prueba muy bonita que nosotros hoy nos cuestionemos de qué hablamos ordinariamente. Podemos hablar de política, podemos hablar de deportes, podemos hablar de la situación que se vive de inseguridad, de violencia, pero también por nuestra vista pasa mucha gente y somos especialistas en la crítica y esas son las obras que realizamos. Pero hoy nos tenemos que preguntar sobre los valores humanos y los valores espirituales, qué tanto hablamos nosotros de solidaridad, de respeto, qué tanto hablamos de paz, qué tanto hablamos de comunidad, qué tanto hablamos de familia, qué tanto hablamos de compromiso. Se dice que las palabras se las lleva el viento, pero las obras son las que quedan; obras son amores y no buenas razones.

Entonces hoy la Palabra de Dios nos está invitando para dar buenos frutos. Un árbol bueno da frutos buenos, no puede dar frutos malos; un árbol malo no puede dar frutos buenos; y la gloria de Dios está en que nosotros demos fruto, y fruto en abundancia. Todos podemos dar buen fruto, todos podemos criticar constructivamente a los demás para mejorar, eso sería muy bonito cuando en un trabajo, en una familia, en un grupo, en un grupo de Iglesia, en un movimiento se habla transparentemente, pero para que siempre mejore la realidad. Todos podemos dar frutos buenos, pero para dar frutos buenos necesitamos estar unidos a la vid, que es Cristo. Si estamos unidos a Cristo no podemos dar frutos malos, nos equivocaremos, tendremos fallas, como todo ser humano, pero siempre queremos dar esos frutos que el Señor espera de nosotros.

Que el Espíritu Santo nos dé los dones para para que siempre en nuestra vida, en donde nos encontremos, demos frutos abundantes del Evangelio. Así sea.

 

+ José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla