HOMILÍA EN EL II DOMINGO DE PASCUA

April 12, 2026


HOMILÍA EN EL II DOMINGO DE PASCUA

 

«La misericordia del Señor es eterna. Aleluya»

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Hoy que celebramos este domingo de Pascua, o también llamado Domingo de la Divina Misericordia —por eso se ha puesto este cuadro del Señor de la Misericordia—, este domingo es un domingo de alegría [00:07].

Las lecturas son riquísimas; nos ayudan a comprender, no solamente con la mente sino sobre todo con el corazón, que Cristo ha resucitado. Por eso quiero saludarlos a todos ustedes aquí presentes en nuestra Catedral y también a aquellos que siguen esta transmisión, para que también en el fondo de su corazón —en el fondo de nuestro corazón— experimentemos una alegría indescriptible. Porque hemos platicado cómo la resurrección le da un sentido pleno a nuestra vida [00:44].

Ya Pedro, en la segunda lectura, decía cómo la muerte en la cruz de Jesús y la resurrección al tercer día, cuando el Padre lo resucita, es garantía para que nosotros también sepamos nuestro destino. El destino del ser humano, del hombre y la mujer, es la casa del Padre: es el cielo. No debemos perder de vista eso; y Jesús nos redime a todos nosotros dando su vida [01:32].

Hoy el Evangelio que escuchamos de San Juan está, pues, lleno de detalles. Son muchos acontecimientos que pasan. Primeramente, Jesús tiene que animar a sus apóstoles que estaban escondidos por miedo; miedo a que los crucificaran, miedo a que los reconocieran como sus discípulos. Y por eso estaban escondidos [02:16].

Sin embargo, Jesús en dos ocasiones hoy se presenta y los saluda con ese hermosísimo saludo que es: «La paz esté con ustedes». Ellos tenían sosiego, tenían inquietud, tal vez algunos confusión; sin embargo, Jesús les dice: «La paz esté con ustedes, soy yo, el Padre me ha resucitado» [03:05].

Y vemos nosotros que cuando fue Jesús y se les apareció, no estaba uno de los apóstoles llamado Tomás, que después se le conoce como «Tomás el incrédulo». Porque, ¿qué dijo Tomás cuando le dijeron: «Vino Jesús»? «¿Cómo, si él murió? Hasta que yo no vea la señal de los clavos en sus manos o el costado que había atravesado una espada, no creeré» [03:33].

Y nos platica el Evangelio cómo a los ocho días se apareció Jesús —seguramente era un domingo— y entonces, cuando Tomás ve que es Jesús, cae de rodillas y dice esa expresión tan profunda: «¡Señor mío y Dios mío!». Dichosos los que sin haber visto, creen [04:12].

También el Evangelio nos comenta ese pasaje de los peregrinos de Emaús, que también iban desanimados: «Nosotros pensábamos que era el Mesías, pero murió». ¿Y cómo lo reconocieron? Al partir el pan. ¿Y qué dijeron ellos? «Con razón ardía nuestro corazón cuando nos hablaba por el camino» [04:44].

Queridos hermanos y hermanas: debe ser también para nosotros una experiencia, cuando escuchamos la Palabra de Dios, que ojalá también digamos nosotros: «Nuestro corazón arde», porque es la Palabra de Dios. Qué hermoso que nosotros, como católicos, creamos en un Cristo resucitado; pero eso también nos debe llevar a un compromiso. Un compromiso de ser esos discípulos y misioneros de Jesucristo.

Claro que recibieron ellos el Espíritu Santo, y también a nosotros se nos regala el Espíritu Santo. Después de esta experiencia, salieron a anunciar a Jesús. Esa es la tarea del bautizado, la tarea de cada uno de nosotros. Hay veces que no lo podemos hacer con las palabras, pero sí con nuestra manera de ser, con nuestras actitudes, con nuestro servicio, con nuestra benevolencia con los demás [05:27].

El Papa San Juan Pablo II instituyó el segundo domingo como el día de la Misericordia, de la Divina Misericordia. Precisamente Dios, por amor, dio la vida por nosotros; pero el reverso de este amor es la misericordia. Y precisamente esa misericordia es para todos, incluso para los pecadores más grandes. La misericordia del Señor es infinita [06:46].

Como este cuadro de la Divina Misericordia que tenemos aquí y que conocen ustedes, tiene dos rayos: uno blanco y otro rojo. Blancos y rojos, haciendo alusión precisamente, el blanco al agua que brotó del costado de Cristo, y el rojo a la sangre. Significa también el bautismo que recibimos y la sangre que recibimos en la Eucaristía.

¡Qué hermoso! La misericordia del Señor es eterna. Aleluya [07:36].

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla