Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús: A todos les deseo paz y bien [00:00].
Estamos en este año también celebrando los 800 años de San Francisco de Asís y siempre él decía esa frase: «paz y bien» [00:14]. Y también, a todos los que han venido hoy a nuestra catedral —catequistas, jóvenes de distintas parroquias que también nos acompañan—, que sintamos realmente en nuestro corazón esa paz que da el Espíritu del Señor en nuestras vidas y que busquemos siempre hacer el bien [00:25]. Saludo también a todos los que siguen esta celebración de nuestra catedral en nuestro territorio, nuestra arquidiócesis, y también en otros lugares de la República Mexicana y del extranjero [00:55].
Sin duda que la palabra de Dios siempre es actual; siempre nos debe interpelar a cada uno de nosotros porque la palabra de Dios es para escucharla, para meditarla, para discernirla y también para llevarla a la práctica [01:09].
Yo, la pregunta que nosotros nos podemos hacer, les invito para que se la hagan... Por un lado, ¿qué tipo de tierra somos nosotros para que esa palabra llegue?, ¿una tierra disponible? [01:35]. Esa es una pregunta bien importante: ¿qué tipo de tierra somos? Y la otra pregunta es si nosotros también somos sembradores de la palabra de Dios [02:01].
Jesús hablaba de una manera muy sencilla; nos habla, también hablaba en parábolas, que es un género literario que se le llama también didáctico porque enseñaba [02:18]. Y esta parábola... hoy iniciamos varias parábolas en estos domingos que vienen y seguramente ya la conocemos, ya la hemos escuchado: la parábola del sembrador [02:30]. Por un lado, sabemos que el sembrador es Cristo y la semilla que siembra es su palabra [03:00]. Y lo más importante en una parábola, por un lado, es ver el conjunto, pero lo fundamental siempre es al final; es decir, la enseñanza que quiere darnos esta parábola [03:10].
Y vemos nosotros que esta palabra de Dios pues siempre quiere llegar al corazón de nosotros. Por eso, qué importante es que nunca dejemos de lado la Sagrada Escritura, la Biblia [03:31]. Cuando escuchamos nosotros hoy desde el ambón a quien hizo las lecturas y el evangelio, al final se dice: «Palabra de Dios» [03:57]. Pero a veces esta palabra nos entra por un oído, nos sale por otro, y no llega a nuestro corazón para que dé fruto, y fruto abundante [04:08].
Y hay veces que esta palabra puede caer en el camino, donde se la comen los pajarillos; o puede caer entre piedras, en un lugar pedregoso, donde también esta palabra pues no se deja crecer y se muere [04:18]. O también puede caer esa palabra entre espinas, que la ahogan [04:37]. Y hay veces... tantas cosas, ¿verdad?, las preocupaciones de la vida, tantas voces que escuchamos a nuestro alrededor, la palabra en nuestra sociedad que nos distrae y no escuchamos a nuestro Dios [04:52].
Pero también esta palabra está llamada a caer en tierra buena, en tierra fértil para dar fruto [05:03]. Unos darán el cuarenta, el sesenta, el ochenta, el cien por ciento, pero lo que interesa es dar fruto [05:18]. «La gloria de mi Padre está en que ustedes den fruto y su fruto permanezca»: frutos de misericordia, frutos de amor, frutos de esperanza, frutos de solidaridad, frutos de comunión, frutos de perdón [05:33]. Eso es lo que el Señor quiere cuando escuchemos su palabra: que seamos tierra fértil y que las distracciones, las ocupaciones, las angustias no nos distraigan para que esta palabra dé fruto [05:59]. Por eso la pregunta es: ¿qué tipo de tierra estamos siendo cada uno de nosotros? [06:12]
Y la respuesta cada uno de nosotros la tenemos. Sabemos que nosotros somos seguidores de Jesús, que estamos llamados a lo que hemos hablado tanto: a ser discípulos y misioneros [06:24]. Por eso, fíjense que ahora que estos jóvenes van al Conajum, al Congreso, pues es también para tener una experiencia muy hermosa de Iglesia, donde estará la palabra de Dios ahí presente [06:43]. Pero después están llamados también, estamos llamados todos —los catequistas, todos los bautizados— a ser sembradores, a llevar la palabra de Dios a los demás [07:08]. Por eso el Congreso es una experiencia, debe ser una experiencia de comunión, de fraternidad, de sinodalidad, de llenarse del Señor para después transmitirlo a los demás [07:23]. Jesús es el gran Sembrador, con mayúsculas, pero nosotros también debemos ser sembradores; es decir, llevar el evangelio a los demás [07:38].
Pues, que el Señor nos llene de su amor, nos conceda su espíritu y que seamos esa tierra buena para que dé fruto su palabra, y fruto abundante; y que nosotros, a la vez, seamos portadores de la palabra que da vida [07:51].
Así sea [08:14].