Homilías
HOMILÍA EN EL XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«Que te alaben, Señor, todos los pueblos», decíamos en el salmo responsorial.
Que te alaben, Señor, todos los pueblos; que cada uno de nosotros sepamos alabarte.
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
A todos les saludo como padre y pastor en este domingo. También hoy está concelebrando el padre Diego, que estuvo aquí también hace tiempo ayudando algunos domingos como diácon. Saludo también a todas las personas que siguen esta Eucaristía a través de las redes sociales, a través de los medios electrónicos: que la palabra de Dios nos ayude para fortalecer nuestra fe de cada día.
Hoy hay dos enseñanzas que nos da el evangelio y que, de una manera muy sencilla, la transmito para que nosotros nos confrontemos y pensemos, primeramente, cómo está nuestra fe y también revisar nuestra oración.
Recordarán el pasado domingo en el evangelio esa escena impactante cuando Jesús camina sobre el agua en el mar de Galilea, y que Pedro... Primeramente se asustan los discípulos que iban en la barca, y Pedro le pide que vaya hacia él y le dice: «Ven». Y Pedro empieza a caminar en el agua, pero de repente dudó; y, al dudar, se empezó a hundir, y Jesús le da la mano para sacarlo. Quería decir que Pedro todavía su fe necesitaba purificarse: creyó en Jesús, pero a la vez dudó.
Y precisamente hoy, esta mujer cananea, extranjera, de la cual nos habla el evangelio, nos enseña que era una persona que tenía una fe profunda. El evangelio lo escuchamos con atención y vemos cómo Jesús andaba en una región, en la región de Tiro y Sidón, y le salió al encuentro una mujer. No era judía, era cananea, era extranjera, y tenía una gran pena esta mujer porque su hija tenía un demonio y sufría terriblemente. Siempre que una hija sufre, la mamá está muy preocupada y le duele. Entonces, había escuchado ella acerca de Jesús, que era de la dinastía de David, y por eso le dice: «Hijo de David». Le quería compartir su problema, su angustia.
Y Jesús... curiosamente, yo creo que es para dar una enseñanza, o él, que siempre era tan atento con los necesitados, pero ni caso le hizo. No le hizo caso, de tal manera que la mujer seguía, seguía gritando, y ya los discípulos, un poquito cansados, desesperados, le dicen a Jesús: «Atiéndela». Y Jesús sigue su camino. Era como cuando —¿recuerdan?— el primer milagro que hizo Jesús allá en Caná de Galilea, entre paréntesis, cuando se terminó el vino y María va y le dice: «Hijo, se terminó el vino». De repente Jesús dijo: «Bueno, a mí ¿qué?, todavía no llega mi hora», una respuesta un poquito fuerte. Pues así también no le hacía caso a la mujer.
Pero la mujer tenía fe, y se postró y le dijo: «Señor, mi hija está enferma». Y entonces Jesús le dice unas palabras también desconcertantes, porque dice: «El pan no se le da a los perritos», como diciendo: «El pan solamente es para los judíos y tú no eres judía». Pero tuvo una excelente respuesta la mujer —tal vez otro se hubiera ofendido, se para, se va y ya— y le dice: «Pero también los perritos comen del pan que cae de la mesa de los amos». Y entonces Jesús le dice: «¡Qué grande es tu fe! ¡Qué grande es tu fe! Desde este momento tu hija queda curada».
Pensemos nosotros cómo está nuestra fe. Hay veces que nosotros le pedimos algo a Dios y —a veces depende la petición, siempre Dios nos da lo que nos conviene— pero a veces hasta negociamos, ¿verdad?, con Dios: «Si tú me haces este milagro, yo te pago», ¿verdad?, «yo hago una peregrinación, yo me voy en una procesión». Es decir, a veces regateamos la fe, y esta persona fue firme, de tal manera que es un ejemplo para nosotros de que la fe significa confiar: confiar en las buenas, en las malas, en la salud, en la enfermedad; tener confianza en Dios.
Y el otro punto es la oración. La oración también es insistente: esta mujer insistió, insistió, y el Señor le concedió su deseo. El Señor nos dice... aquel ejemplo que nos ponía de aquella persona que tocaba a una hora no muy oportuna en la casa y pues la persona que estaba dentro no le abría, pero después de que le insistió mucho, abrió. Y dice Jesús: si nosotros sabemos dar cosas buenas, con mayor razón Dios nos concede a nosotros los bienes.
Le pedimos en esta misa, queridos hermanos, que nos parezcamos a la cananea, a esta mujer; que crezcamos en la fe y también que nuestra oración sea una oración insistente al Señor. Que no nos desanimemos, sino siempre confiemos en el Señor.
Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla