HOMILÍA EN EL XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Imagen de la homilía

«Mi alma tiene sed de ti»

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Les saludo como padre y pastor en este vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario. Saludo a ustedes que están presencialmente en esta Catedral de Corpus Christi y también a las personas que, a través de las redes sociales y de los medios digitales, siguen esta celebración en el territorio de nuestra Arquidiócesis, en México y también en algunos otros países.

Hace ocho días el evangelio nos comentaba cómo Jesús les pregunta directamente a sus discípulos: «¿Quién soy yo para ustedes?». Y sabemos que Simón, después llamado Pedro, le dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Y Jesús alabó su respuesta: «Dichoso tú, Pedro». Le había inspirado Dios a Pedro, a Simón, esta respuesta.

Pero hoy vemos en el Evangelio de San Mateo pues otra situación, porque el mismo Pedro trata de disuadir a Jesús de lo que les comenta. Con mucha confianza les dice que tiene que subir a Jerusalén y que va a padecer, que va a sufrir mucho, que va a ser crucificado y que resucitará al tercer día. Y Pedro trataba de decirle: «Señor, ¿no te puede pasar a ti eso?». Y Jesús le dice: «Retírate, Satanás».

Sabemos nosotros que los proyectos, muchas veces de nosotros, de los humanos, son distintos a los de Dios; la manera de pensar es diferente. Y hoy quiero invitarlos para que también nosotros pensemos en la cruz, porque Pedro, y seguramente también sus amigos, sus discípulos, pues no querían que Jesús sufriera; pero son los caminos del Señor.

Alguna persona algún día me decía si los cristianos, los católicos, éramos masoquistas —el masoquista es al que le gusta sufrir por sufrir—, que si nos gustaba sufrir porque teníamos a un Cristo crucificado, como lo tenemos aquí. Y yo le explicaba a esa persona que la cruz es el signo máximo del amor, de la entrega, y es el camino que nos invita a nosotros: «El que quiera ser mi discípulo, que tome su cruz y me siga». Y la cruz es entrega: Jesús da su vida por todos nosotros para abrirnos las puertas del cielo. Y muchos tal vez no acepten esto, el sufrimiento; pero lo más importante es gastar la vida por los demás.

Es fácil decir «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios», pero ya seguir el programa de Jesús... ya le empezamos a poner peros porque podemos decir que es difícil. Pero siempre la cruz, queridos hermanos y hermanas, nos lleva a la resurrección, nos lleva a la vida: morir para vivir. ¡Qué bonito es cuando una persona es generosa, sirve, vive con amor! Y por eso les decía: los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. A veces nosotros queremos los bienes de la tierra, el poder, el placer, y nos olvidamos de servir. «Yo no he venido a ser servido, sino a servir», nos dice Jesús.

Por eso hoy nos preguntamos si realmente somos discípulos de Jesús, si estamos haciendo el intento. La conversión es de todos los días: el discípulo es el que quiere seguir a su maestro, pero también se convierte en un misionero, en una misionera, porque narra la historia de Jesús que da la vida por los demás.

Pues hoy le pedimos al Señor que nos bendiga; que nosotros sí digamos que Jesús es nuestro amigo, es el Hijo de Dios, es el Mesías, es el camino, la verdad y la vida, pero que también, además de decirlo, nos esforcemos por el compromiso; y el compromiso está todos los días, empezando en nuestra propia familia.

Que el Espíritu Santo nos anime a seguir la cruz en la entrega y la vida nueva.

Así sea.

 

+José Antonio Fernandez Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla