HOMILÍA EN EL XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

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«El Señor es compasivo y misericordioso».
Hoy respondimos a la palabra de Dios con este salmo tomado de la Escritura, el Salmo 102. Y estas palabras quieren llegar hoy a nuestro corazón: estar convencidos de que el Señor es misericordioso, clemente y misericordioso [00:19].

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Nos reunimos hoy para escuchar la palabra de Dios, para participar en la Eucaristía y también para llenarnos del Señor para caminar con alegría y esperanza en nuestra vida [00:34]. Siempre la palabra de Dios nos confronta y es dirigida a cada uno de nosotros, de tal manera que tenemos que retratarnos [01:01]. A veces podemos pensar que la palabra de Dios va dirigida a otras personas y a mí no; especialmente va dirigida a cada uno de nosotros [01:14].

Y hoy precisamente necesitamos la palabra de Dios [01:22]. Tanto en el libro del Eclesiástico como en el Evangelio de San Mateo que acabamos de escuchar, nos habla sobre el perdón [01:33]. ¿Cómo va el perdón en nuestra vida? [01:45]. Cada que rezamos nosotros el Padre Nuestro decimos: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» [01:45]. A lo mejor es un deseo, pero estamos invitados a que sea una realidad: que nosotros sepamos perdonar a los que nos ofenden [02:01].

¡Qué difícil es! A veces podemos estar todavía en lo que se llama la «ley del talión»: ojo por ojo y diente por diente [02:13]. A veces actuamos todavía como en el Antiguo Testamento —allá se nos habla en los primeros libros de la Biblia, en el Pentateuco, en el Deuteronomio— cómo era la práctica: «si tú me la haces, me la pagas» [02:38]. Y eso a veces lo vemos a nivel personal, pero también a nivel internacional: cuántos problemas de guerras hay en el mundo por no perdonar y cuántos muertos hay injustamente porque no hubo el perdón [02:49]. La guerra siempre es una derrota del diálogo, porque no se supo dialogar para llegar a acuerdos y que los pueblos puedan vivir en paz [03:17].

Y concretamente en el evangelio le preguntan a Jesús: «Oye, ¿hasta cuántas veces tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?» [03:30]. El que le hizo la pregunta quiso quedar muy bien, porque le dijo: «¿hasta siete veces?» [03:50]. Sabemos que el siete es el número de la plenitud [03:50]. Pero Jesús le respondió: «No siete veces, sino hasta setenta veces siete», que significa siempre [04:01]. ¿Cuántas veces tenemos que perdonar?: siempre [04:15].

Y puso un ejemplo muy concretito, una parábola: había un rey que quiso llamar a sus trabajadores para que le dieran cuentas, y había uno que pues le debía mucho dinero, le debía como cien millones [04:15]. Y entonces él le suplicaba que lo perdonara, y Dios, que es clemente y compasivo, lo perdonó [04:30]. Pero ¿cuál va siendo la sorpresa? Nos platica la parábola que esta persona salió y se encontró a alguien que le debía un millón y casi lo estrangulaba y le decía: «Págame lo que me debes» [04:43]. Él había sido perdonado grandemente, inmensamente, y él no pudo perdonar a alguien que le debía poco [05:05]. Se dio cuenta el dueño y lo llamó para decirle que su actuación no había sido correcta [05:12].

Dios nos perdona a nosotros siempre [05:26]. Los católicos tenemos también este sacramento hermosísimo: el sacramento de la reconciliación, donde el Señor nos perdona cuando tenemos la actitud de cambiar, de mejorar nuestra vida [05:41]. Ciertamente, perdonar al que nos hace mal no es fácil, es todo un reto [05:55]. Siempre que hay este pasaje, yo me acuerdo de San Juan Pablo II [06:08]. Ustedes recordarán, o lo saben, que un 13 de mayo de 1981 lo balearon en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano [06:22]. Y estuvo muy grave; precisamente fue en la fiesta de la Virgen de Fátima, y él siempre decía que la Virgen lo había salvado [06:33]. Estuvo entre la vida y la muerte, y salió adelante; y lo primero que hizo fue ir a la cárcel para platicar con el que le había disparado, y lo perdonó de corazón [06:43].

El ejemplo más grande de todos pues es Jesucristo [07:07]. Nosotros somos sus discípulos y queremos seguir sus huellas: es el ejemplo más grande porque podemos pensar en el viacrucis, en el juicio que se le hizo, y después se le condenó a muerte y lo llevaron camino a la cruz, lo flagelaron, lo insultaron, le pusieron una corona de espinas... [07:25]. Como nosotros vemos a Jesús en la cruz —aquí tenemos al Señor de las Misericordias—, y Jesús en la cruz, dirigiéndose a su Padre, le dijo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»; siempre perdonando [07:47].

Este año estamos conmemorando también un siglo de la resistencia cristera: hace cien años empezó esa resistencia donde murieron muchas personas —niños, adolescentes, jóvenes, padres de familia, sacerdotes, religiosas—; murieron defendiendo su fe [08:16]. Uno fue un santo joven, Joselito, José Sánchez del Río, que morían gritando: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!» [08:34]. Pero todos estos mártires perdonaron a los que los apresaron y los mataron: no había rencor en su corazón [08:53].

Es difícil, pero es posible perdonar [09:09]. Tal vez ustedes también hayan experimentado cuando hayan perdonado a alguien que los ofendió: da trabajo perdonar, pero cuando uno lo hace experimenta una paz y una alegría [09:23]. Por eso hoy el mensaje fundamental del evangelio, de la palabra de Dios, es que nosotros sepamos perdonar, que no guardemos rencor en nuestro corazón [09:33]. Hace daño, hace daño: tal vez le tengamos rencor a una persona y a esa persona ni le afecta, pero a uno sí le afecta [09:46]. En cambio, cuando uno perdona, experimenta paz y alegría en el Señor [10:09].

Pues que el Señor nos conceda avanzar en este tema del perdón y que realmente hagamos vida las palabras del Padre Nuestro: «Perdónanos como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» [10:09].

Así sea [10:22].

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla