«Dios Padre quiere que sus hijos nos sentemos en la misma mesa, que vivamos la fraternidad»
Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús: Los saludo a todos ustedes que están en nuestra Catedral de Corpus Christi de manera presencial viviendo esta Eucaristía y también quiero saludar a todos los que a través de las plataformas digitales se unen a nuestra celebración, dentro de nuestra Arquidiócesis, de nuestro país y también de fuera, en otros países; que reciban la bendición de Dios en este tiempo especial de Cuaresma.
Estamos viviendo hoy el IV Domingo de Cuaresma y es un domingo muy especial porque se le llama el “domingo de la alegría”, por eso se utiliza hoy este ornamento color rosa, dejamos el morado y utilizamos el rosa porque precisamente en el Evangelio se nos habla de cómo el padre hace una fiesta para el hijo que ha regresado, que ha convertido su corazón. Y precisamente hoy tenemos este Evangelio, que yo les preguntaría: ¿Cuántas veces lo hemos escuchado? Muchas veces, pero siempre trae enseñanzas nuevas, luces nuevas para nuestra vida. Se dice con razón que este Evangelio debería llamarse: La parábola del padre misericordioso, o del padre bondadoso, sin embargo lo conocemos como La parábola del hijo pródigo.
Lo más importante es que nosotros nos retratemos, como siempre les digo, que veamos la escena y también nosotros nos involucremos. Hoy tenemos la figura del padre, del hijo menor y el hijo mayor. Pero una cosa bien importante es que Jesús quiere mostrarle a la auditorio, a quienes lo escuchaban, a los escribas y fariseos y a todo el pueblo que lo criticaba porque se juntaba con pecadores, quiere mostrarles a un Dios que no es rey, a un Dios que no es juez, sino a un Dios que es bondadoso y misericordiosos.
¿Qué imagen tenemos nosotros de Dios?, ¿un Dios que castiga, un Dios que siempre nos está vigilando para ver cuando nos equivocamos o un Dios que abre sus brazos para recibirnos? La parábola es muy clara y fíjense que es una radiografía auténtica del corazón de Dios. Esta parábola nos muestra cómo es el corazón de Dios. Seguramente en la parábola el papá no estaba de acuerdo con el hijo menor, pero respetó su libertad y le da la parte de herencia que le toca y él se va y lo malgasta en fiestas, en tantas cosas, excesos también que tuvo; mientras el otro hijo, el hijo mayor, se queda con él en la casa trabajando. Cuando el hijo gasta todo y sobreviene gran hambre en aquel país, pues tiene que trabajar en algunos menesteres no muy gratos para subsistir. Sin embargo, aquí hay una cosa muy interesante, piensa que se ha equivocado y se arrepiente. Y entonces le dan trabajo, pero dice: «Voy a regresar a mi casa y le voy a pedir perdón a mi padre», y así estuvo algunos días este hijo pródigo.
El padre todas las tardes salía esperando que regresara el hijo. El hijo se decide, aquí es algo de poner atención, se decide y regresa. Hay veces que nosotros pensamos en cambiar y ahí nos quedamos; él lo pensó y actuó, y entonces caminó. Cuando llega, la sorpresa es que el padre no espera que le pida perdón, sino que lo abraza con mucho cariño y le dice: «Hijo, hoy debemos hacer una fiesta, porque ha regresado lo que se había perdido, ha vuelto a la vida». Y encontramos que el hijo mayor realmente era una persona buena, cumplidora, pero que le faltaba amar, y se molestó.
A mí siempre me ha gustado mucho un cuadro del siglo XVII de un pintor holandés, Rembrandt, que precisamente hace la pintura sobre esta parábola del hijo pródigo. Y encontramos una persona grande, que es el padre, abrazando al hijo que llega. El hijo, que incluso no trae un zapato, va con una túnica toda desgarrada y vemos cómo el padre lo abraza. Una mano es una mano varonil y la otra mano es una mano femenina, la del padre; significa que Dios Padre y Madre abrazan al hijo. Y en un lado está el hermano mayor, el hermano, serio, que no se alegra por la fiesta que va a hacer el padre, que dice: «Maten el ternero; póngale un anillo en el dedo; hagamos fiesta porque he recobrado a mi hijo». Queda en suspenso si el hijo mayor entró a la fiesta o no entró a la fiesta.
Siempre el Padre, Dios, quiere que sus hijos nos sentemos en la misma mesa, que vivamos la fraternidad. Es el tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, y Dios quiere que también nosotros hoy cambiemos nuestro corazón y nos encontremos con un Padre que nos ama, un Padre que nos abraza y un Padre que quiere nuestro bien. Que el Señor, pues, nos bendiga y sigamos haciendo este camino de Cuaresma para llegar a la Semana Santa, que ya dentro de dos semanas estaremos para acompañar a Jesús en su pasión, muerte y Resurrección. Así sea.
+ José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla