HOMILÍA EN EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS 2022

June 05, 2022


HOMILÍA EN EL DOMINGO DE PENTECOSTÉS 2022

 

«Los dones que el Espíritu Santo da son para ponerlos al servicio de los demás, para ir construyendo el Reino»

 

Muy queridos hermanos y hermanas en Jesucristo Nuestro Señor:

A todos les saludo con cariño, con afecto de pastor, a quienes están aquí en nuestra Catedral y también a los que se unen a nuestra celebración a través de los medios digitales, dentro de nuestra Arquidiócesis y desde otros lugares de la República Mexicana y del extranjero; a todos les deseo que el Espíritu Santo llegue a sus corazones, a nuestros corazones.

Hay una oración muy hermosa en la Liturgia de la Confirmación, una oración colecta que dice lo siguiente: «Cumple, Señor, tu palabra y envíanos al Espíritu Santo para anunciar el Evangelio de Jesucristo». Estamos convencidos de que Dios siempre cumple lo que promete. Dios Padre prometió enviarnos a su Hijo, al Salvador, al Mesías, y todo el Antiguo Testamento es esa espera del Mesías, de Jesucristo, la Palabra hecha carne.

Jesús llega, viene a la Tierra, se hace como nosotros, se parece en todo a nosotros menos en el pecado, nacido de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo. Y Jesucristo es el centro de nuestra fe, Él viene a revelarnos el rostro de su Padre, viene a darnos esa gran noticia de que somos hermanos Hijos de un mismo Padre, de un Padre que nos ama.

A través de los Evangelios conocemos lo que Jesús fue realizando, sus milagros, sus parábolas, sus actitudes, su manera de ser, y cómo nos ama, hasta el extremo de dar la vida por nosotros. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos», y Él da su vida en la cruz. Parecía que todo había terminado en un fracaso, pero el Padre lo resucita al tercer día. Y por eso nosotros creemos en un Cristo vivo, en un Cristo resucitado.

Hoy el Evangelio que escuchamos, de San Juan, nos dice que el mismo día de la Resurrección Jesús se apareció a sus Apóstoles y les da ese saludo maravilloso: «La paz esté con ustedes», después les da la misión y les promete enviar al paráclito, al Espíritu Santo, «No tengan miedo, Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos», y cumple su palabra, nos envía al Espíritu Santo, Dios Padre y Dios Hijo nos envían el Espíritu Santo. Ese mismo día de la Resurrección empieza la misión, «Así como el Padre me envió, Yo los envío a ustedes para que lleven el Evangelio». Paz y misión son dos elementos muy importantes en este Evangelio de hoy.

Escuchamos en la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, el Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, 50 días después de la Pascua. Hace ocho días celebramos la Ascensión del Señor a los Cielos y ahora Pentecostés, donde vemos signos, de ruido, de viento, signos muy importantes que nos dicen que algo prodigioso sucedió, vino el Espíritu Santo.

Yo creo que lo más importante es ver los cambios, cómo eran los Apóstoles antes y después de la venida del Espíritu Santo. Antes de su venida estaban ellos ahí en Jerusalén junto con la Virgen María que los acompañaba, había miedo, crisis, temor, tantas cosas. Pero, cuando llega el Espíritu Santo el día de Pentecostés, que hoy celebramos, los Apóstoles, aquellos galileos, sencillos pescadores, cambia su vida y del miedo pasan a la alegría, al gozo, y abren las puertas para salir a anunciar que Jesucristo es el Señor.

Había gente de muchas partes, de muchos países, sin embargo, todos entendían lo que los Apóstoles decían, proclamaban el kerigma, el anuncio gozoso del Evangelio de Jesucristo Nuestro Señor. Podemos ver cómo ellos ahora son testigos del Señor, porque Jesús les había cambiado la vida.

Estos días son días de Confirmaciones y, cuando el padrino o la madrina presentan al que se va a confirmar, dicen su nombre y después dicen: «Para que sea testigo, o testiga, del amor de Dios». Recibir el Espíritu Santo a es para dar testimonio de Cristo, para ser testigo con la palabra y con la vida. Los dones que el Espíritu Santo da, la fortaleza, el entendimiento, la sabiduría, la piedad, el temor de Dios y muchos otros dones, son para ponerlos al servicio de los demás, para ir construyendo el Reino.

Ojalá que hoy todos sintamos una alegría muy grande, que abramos nuestro corazón para recibir al Espíritu Santo, ese Espíritu Santo que nos llena de paz y de amor.

La Iglesia, desde su nacimiento en Pentecostés, es una Iglesia misionera, una Iglesia que sale a anunciar al Señor. Nosotros también queremos que nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla sea una Iglesia misionera, pero antes tiene que ser una Iglesia discípula, tiene que escuchar al Maestro y tener un encuentro y una experiencia de Jesucristo.

Hace ocho días celebramos la 8a Gran Misión Católica en nuestra Arquidiócesis y salimos a llevar el Evangelio, sobre todo a los alejados, aquellos que participan poco en nuestra Iglesia. Personalmente a mí me tocó ir al mercado de aquí, Filiberto Gómez, y vemos que hay mucha gente muy buena, pero también es gente alejada, porque está llena de trabajo y a veces no viene a la Iglesia, a la parroquia. Fuimos a invitarla para que tenga esa experiencia de escuchar la Palabra de Dios.

Ojalá que hoy también nosotros sintamos en nuestro corazón ese deseo de ser misioneros y misioneras. Qué bonito que esté la Escuela de Pastoral, porque en ellos es importante la formación, que sean luz del mundo y sal de la Tierra, servir a los demás. Pero, nadie da lo que no tiene, por eso necesitamos llenarnos de Dios para transmitir a Dios; necesitamos formarnos para comunicar el mensaje de Salvación.

No tengamos miedo. Decía el Papa San Juan Pablo II y el Papa Emérito Benedicto XVI: “No tengan miedo, abran las puertas a Cristo. Cristo no quita nada, al contrario, da el ciento por uno, y después la Vida Eterna”. Si nosotros confiáramos solamente en nuestras fuerzas, estamos perdidos, pero tenemos al Espíritu Santo que nos acompaña para construir un mundo mejor.

Que en este Pentecostés Dios renueve nuestra alegría de pertenecer a su familia. Digamos todos: «Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén”.

 

+José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla