«Jesús da a su Iglesia el don de la paz, pero es tarea de cada uno de nosotros cultivarla y hacer que florezca en cada creyente, en cada discípulo de Jesús»
El día de hoy, 10 de julio de este año 2022, toda la Iglesia en México, toda la Iglesia católica, se pone en una actitud de oración pidiéndole a Jesucristo, el Príncipe de la Paz, que nos conceda cuidar de este don que Él nos ha regalado, cuidar de este don que el mismo Jesús les regala a sus apóstoles el día de su Resurrección. Aquel domingo de Resurrección, cuando Jesús se presenta en medio de sus discípulos, el saludo con el que se dirige a ellos es precisamente el deseo de la paz, y les dice: «La paz esté con ustedes», y dicho esto les mostró las manos y el costado y los apóstoles, llenos de alegría, pero todavía desconcertados por todo lo que habían vivido en días anteriores, no acababan de creer lo que estaban contemplando sus ojos. Y Jesús les vuelve a saludar diciéndoles: «La paz esté con ustedes».
Por eso, mis amados hermanos, este regalo que Jesús nos da enseguida de su Resurrección es un don precioso que debemos de cuidar, un don precioso que Jesús nos ha encomendado y que debemos conservar como algo muy preciado, como una joya, como un tesoro, como una herencia recibida de la cual nosotros tenemos que administrar. Este don de la paz que Jesús le ofrece a toda la Iglesia tenemos que cultivarlo y hacer que florezca en el corazón de cada creyente, de cada discípulo de Jesús. Este don de la paz se cultiva cuando escuchamos estas palabras que nos dice el Deuteronomio en la primera lectura: «Escucha, Israel, escucha al Señor, porque sus mandamientos están en tu corazón y están en tus labios», porque lo que Jesús nos ofrece y nos propone está en nuestro corazón, pero debemos cultivar este don de la paz y la justicia para que florezca, para que se desarrolle, para que a través de este don podamos construir una sociedad que esté cimentada en la justicia, en el amor al prójimo, en el bien común.
Por eso hoy el Evangelio nos da esta hermosa enseñanza cuando Jesús nos dice, a través de esta hermosa parábola, cuál debe de ser nuestra actitud ante el prójimo, pero sobre todo ante el necesitado; cuál debe de ser nuestra actitud ante aquel hermano, ante aquella hermana, ante aquella familia que está sufriendo, que está padeciendo, ante aquellas situaciones de violencia, de muerte, de destrucción. Y dice Jesus, a través de esta hermosa enseñanza, que debemos de tener siempre compasión ante el hermano, ante el que sufre, ante aquel que ha sido violentado en su dignidad de persona, en sus derechos fundamentales como ser humano.
Por eso hoy para nosotros es una gran responsabilidad orar por la paz de nuestra patria. Tantos acontecimientos que hemos vivido, tantas experiencias de dolor que escuchamos casi todos los días en los diferentes medios de comunicación que nos llenan de miedo, de angustia y de sobresalto, pero hoy la Iglesia como Madre nos dice que la oración es el tesoro más hermoso que tenemos para pedirle al Príncipe de la Paz que este don vuelva a reinar en nuestros hogares, en nuestras colonias, en nuestros municipios, en nuestros estados, en nuestro país y en el mundo entero.
La Iglesia como Madre y Maestra hoy nos dice que debemos de tener esta plena confianza en la fuerza transformadora y renovadora de la oración. Por eso, a partir de hoy, en todas las diócesis del país, en todas las parroquias, en todas las capellanías, en todas las comunidades religiosas, en todos estos ámbitos donde está presente la Iglesia vamos a ponernos en actitud de oración y vamos a orar con gran confianza al Señor, al Príncipe de la Paz, porque cuando nosotros nos acercamos con esa confianza de hijos, con esa confianza de pequeños ante la grandeza del amor de Dios nuestra confianza se acrecienta, nuestra alegría nuevamente aparece en nuestros corazones y en nuestros rostros y manifestamos estas actitudes en esta convivencia familiar y en nuestra convivencia social.
Pero también la paz es una misión, una tarea que nos corresponde a cada uno de nosotros cultivar; la paz es una misión que el Señor también nos ha encomendado y por eso tenemos que ser trabajadores, promotores de paz. Si este samaritano no hubiera tenido en su corazón esa paz, esa alegría, esa convicción de el amor al prójimo, hubiera dejado a este pobre hombre morir, pero en el corazón de aquel buen samaritano había este sentimiento de paz, este sentimiento de misericordia, y por eso pone al servicio de este hombre que fue asaltado su persona, sus bienes, su dinero, su tiempo, y seguramente este hombre que fue asaltado se recuperó y después fue e hizo lo mismo.
Eso es lo que nosotros hoy tenemos que hacer: construir la paz desde nuestros hogares, desde nuestros espacios de trabajo, desde nuestros ambientes sociales, educativos, en todos los espacios en los que vivimos y convivimos todos los días tenemos que promover la paz, tenemos que dejar que de nuestro corazón broten estos valores que el mismo Jesús ha sembrado en nuestro interior. No podemos seguir viviendo en medio del terror, de la inseguridad, de todas estas situaciones que nos obligan muchas veces a aislarnos, casi casi a escondernos. Por eso tenemos la fuerza de la oración, tenemos el acompañamiento de nuestra Madre la Iglesia, que como Madre se preocupa de nosotros y como Maestra nos enseña a vivir en paz y a ser constructores de paz.
Mis amadas hermanas, mis amados hermanos, qué importante es que desde nuestra familia, desde nuestra casa, trabajemos por la paz, empezando por aspectos muy sencillos como son el diálogo, la convivencia, porque si nosotros cambiamos la jota de la palabra prójimo por la equis, diría próximo, ¿y quién es tu próximo? El que vive contigo, bajo el mismo techo, el que comparte la mesa, el que comparte los momentos tan hermosos en familia, ahí es donde tenemos que empezar a construir la paz, cuando nos aceptamos como miembros de una familia, cuando nos reconocemos como personas, cuando somos capaces de dialogar, incluso en lo que es diferente, pero que no nos opone ni nos confronta, sino que en el diálogo y en esa convivencia diaria vamos caminando, construyendo la paz. Si desde el hogar vamos siendo constructores de paz, lo haremos también la escuela, en el trabajo, en nuestras plazas, en nuestros espacios de convivencia, lo haremos también como ciudadanos responsables.
Por es el llamado que hoy hacemos los obispos a todo el pueblo mexicano, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, es a construir la paz, a trabajar por la paz, a llevar este tesoro que Jesucristo resucitado nos ha dado a que florezca, para que tengamos una niñez sana, para que tengamos adolescentes y jóvenes libres y felices, para que tengamos matrimonios integrados, para que nuestros enfermitos, nuestros adultos mayores estén cuidados, que sean valorados y atendidos en el seno de la familia y en las demás instancias de convivencia social.
Pidámosle a Santa María de Guadalupe, Madre y Señora nuestra, que quiso venir a nuestra tierra, que quiso quedarse en nuestro suelo mexicano para escuchar nuestros ruegos, nuestras plegarias, para decirnos también a cada uno de nosotros: «Hijito mío, el más pequeñito, que nada te turbe, que nada te espante, porque estás bajo mi regazo, porque te tengo en mis manos». Que nuestra Madre Santísima, la siempre Virgen María, nos consuele y nos llene de mucha fortaleza para que, como discípulos de su Hijo Jesús y misioneros constructores de paz, vayamos caminando juntos construyendo un país, una nación, un pueblo que esté siempre sostenido por la gracia de la paz, por el don de la paz, por el don de la justicia. Así sea.
+ Efraín Mendoza Cruz
Obispo Auxiliar de Tlalnepantla