HOMILÍA EN EL XXIII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

September 04, 2022


HOMILÍA EN EL XXIII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

 

«El discípulo tiene la misión de construir un mundo más humano y más justo en la Tierra»

 

Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:



A todos los saludo con afecto de pastor, a ustedes que están aquí presencialmente y también a los que a través de los medios de comunicación, estos medios digitales, llega esta celebración a sus hogares dentro de nuestra Arquidiócesis, pero también esta Eucaristía la sigue gente de varios lugares de la República Mexicana y del extranjero; a todos les deseo que experimenten el amor de Dios y su bendición.

Acabamos de escuchar el santo Evangelio y tenemos que escuchar todo el contexto para entender el mensaje de Jesús, que es un mensaje para cada uno de nosotros, y recordemos que la Palabra de Dios siempre es actual, siempre interpela nuestras vidas. Encontramos a Jesús con una muchedumbre, con mucha gente, y van camino hacia Jerusalén. Se detiene y voltea a ver a sus discípulos y les empieza a decir qué significa ser discípulo. El discípulo es el que tiene en primer lugar a Dios y a su proyecto.

Una de las palabras claves hoy en el Evangelio es el desapego, incluso a la familia y a los bienes materiales. Podemos ver cómo estos discípulos tenían familia, Pedro, Juan, Santiago, Andrés, tenían familia, y no debemos tomarlo literalmente, como hemos dicho en otras ocasiones, decir que “la familia no es importante”, claro que la familia es importante y es uno de los proyectos fundamentales en la pastoral de nuestra Arquidiócesis. Lo que Jesús dice es: «En primer lugar debe estar Dios.» Ellos seguramente veían a su familia, la visitaban, estaban al pendiente de ella, pero ellos habían decidido seguir a Jesús.

Por eso Jesús les pone dos ejemplos, dos parábolas, pero antes les dice: «El discípulo es aquel que toma su cruz de cada día y me sigue.» Las dos parábolas nos hablan de cómo el discípulo tiene una misión y la misión es importante; y el que es discípulo es alguien que se compromete. Ser discípulo lleva un proceso, lleva su tiempo, pero va habiendo una decisión y una conversión, y por eso estos dos ejemplos diferentes, pero que tienen el mismo significado.

El primero es sobre aquel que quiere construir una torre, primeramente se sienta, reflexiona, hace sus cálculos y luego dice: «Sí podré hacer la torre», porque si no se va a quedar a medias y la gente se va a burlar. El segundo ejemplo es aquel rey que va a luchar contra otro rey, uno tiene 20,000 soldados y el otro tiene 10,000, el de menos soldados tiene que reflexionar y dice: «Si vamos a esta lucha vamos a perder, mejor mando a un emisario para proponer la paz.»

Es decir, el que quiere ser discípulo, el que quiere comprometerse, debe ser una decisión importante en su vida, y la conversión es de todos los días, porque a veces nosotros somos esos discípulos que queremos comprometernos, pero hay veces que flaqueamos, hay veces que somos tibios, hay veces que no nos comprometemos.

En la segunda lectura, de san Pablo, escuchamos que Pablo estaba en la cárcel y tenía un amigo, Filemón, que tenía un esclavo llamado Onésimo, que estuvo en la cárcel y ahí Pablo lo catequizó, lo evangelizó y lo bautizó, se convirtió. Entonces Pablo le escribe a Filemón diciéndole: «Recibe a Onésimo como a un hermano, como a un hijo tuyo, porque todos somos hijos de Dios.» Seguramente Onésimo tuvo un encuentro con Dios y se convirtió y cambió su vida. Por eso es importante que el discípulo sepa que tiene una misión, la misión de construir un mundo más humano y más justo en la Tierra, y que vale la pena.

En nuestra Arquidiócesis estamos elaborando un Plan de Pastoral, que es una herramienta para trabajar más unidos, para trabajar más organizados, pero con un elemento muy importante que se llama: Sinodalidad, el saber escucharnos. Yo cuando tengo reunión con los sacerdotes cada mes les digo a menudo que tenemos que saber escuchar a nuestra gente, a nuestros laicos, a los catequistas, a los miembros de movimientos, de asociaciones, a los niños, a los jóvenes, porque queremos construir una Iglesia al estilo de Cristo. ¿Con qué Iglesia soñamos nosotros? Una Iglesia acogedora, una Iglesia más amable, una Iglesia que incluye a todos, que no rechaza a nadie, eso es lo que queremos nosotros y lo que quiere el Señor.

Ser discípulo es algo grande, pero vale la pena, porque conlleva una misión de construir un mundo mejor, y siempre el discípulo debe tener presente la cruz. La cruz es consecuencia de la obediencia que tuvo Jesús con el Padre, siendo fiel hasta las últimas consecuencias; eso le costó la vida, ser fiel a Dios y amar a los últimos, a los más pobres. Si Cristo se hubiese desviado del proyecto del Padre no habría muerto en la cruz, pero Él quiso llegar hasta las últimas consecuencias, por eso la cruz es un signo de entrega, de generosidad, de amor a los demás. Por eso, que hoy todos tengamos ese deseo de ser discípulos, discípulas misioneros, misioneras del Señor.

Una de las cosas más importantes es que el cristiano siempre debe tener esperanza. Vivimos en un mundo muy complejo, con mucha violencia, con inseguridad, con desigualdad social, pero el cristiano no puede ser un hombre desanimado, tiene que ser un hombre de esperanza; esperar que el mañana sea mejor, pero trabajar con ahínco en el presente.

Que el Espíritu Santo nos ilumine a todos, nos dé ese deseo de caminar, de tomar la cruz con sentido y de no estar apegado a los bienes materiales, sino estar unidos al Señor. Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla