HOMILÍA EN EL XXVI DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

September 25, 2022


HOMILÍA EN EL XXVI DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

 

«Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza»

 

Queridos hermanos en Cristo Jesús:



Les saludo a cada uno de ustedes con aprecio y también a los que siguen esta transmisión dentro de nuestra amada Arquidiócesis de Tlalnepantla, en algún lugar del país o también en el extranjero; que sintamos hoy la bendición de Dios para seguir caminando con alegría y esperanza en nuestra vida.

Nuevamente el tema que trae la Liturgia de la Palabra este domingo es el mismo de hace ocho días, sobre los bienes materiales, sobre la riqueza, preguntarnos qué uso le damos nosotros a los bienes materiales o la riqueza, pensar si nosotros estamos esclavizados a ellos o tenemos una actitud de generosidad o de solidaridad, sobre todo para con los más pobres, con aquellos que menos tienen.

La Palabra de Dios nos ayuda a reflexionar para preguntarnos si sabemos compartir, y por eso la primera lectura, del profeta Amós, y el Evangelio de San Lucas nos ilustran este tema. Hace ocho días les comentaba que Amós vivió VIII siglos antes de Cristo, era un profeta que denunciaba cómo vivían algunos, como describió la lectura de hoy, con lujos, con placeres, con fiestas, con banquetes, y se olvidaban de los demás, se olvidaban de los necesitados.

Hoy Jesús no pone una parábola, dirigida para todos, aunque en ese tiempo iba especialmente para los escribas, y nos platica la parábola de un rico, del cual no menciona su nombre, y un pobre, se llamaba Lázaro; por la tradición sabemos que el rico era Epulón, un rico que baqueteaba, que se daba muchos lujos, y afuera en el pórtico de su casa siempre estaba un andrajoso, un pobre llamado Lázaro que no tenía qué comer, y el rico ni siquiera volteaba a verlo.

Nos platica la parábola cómo llegó el tiempo en que ambos fueron llamados por Dios, Lázaro pasó al Cielo con Abraham y el rico estaba en las llamas. Entonces, esa persona que se había olvidado de los demás en su vida le dice a Abraham: «Padre Abraham, dile a Lázaro que moje su dedo con agua, porque me estoy quemando», y empieza ahí el diálogo de Abraham con Epulón. Finalmente, como escuchamos, le dice: «Que vaya a la Tierra para que le diga a mis hermanos que deben compartir, que deben cambiar sus actitudes», y Abraham le dice: «Por eso tienen a los profetas, a los evangelizadores; si no los escuchan a ellos tampoco van a escuchar a Lázaro».

¿Cuál es la conclusión de esto? Que en la vida tenemos nosotros que saber compartir. Podemos pensar que la parábola, que este Evangelio es para gente que tenga muchísimo dinero, para millonarios, pero no, esta parábola es para todos, para pensar qué tanto nosotros volteamos a ver al pobre y al necesitado.

Tenemos experiencias muy difíciles en nuestro México, pero también muy gratas. Cuando ha habido temblores, inundaciones, somos muy solidarios, buscamos ayudar a aquel que está en desgracia, pero solamente en esos momentos muy dramáticos, y la invitación es que vayamos haciendo de nuestra vida una solidaridad, una generosidad constante, siempre dar de lo que el Señor nos ha concedido, saberlo compartir, que se vaya creando una cultura en nuestra vida.

En la Iglesia hay muchas obras que a veces se desconocen. Nosotros tenemos en algunos lugares comedores donde se le da de comer al hambriento, al que tiene menos; dispensarios con medicamentos que se comparten para el enfermo; también centros de acopio de víveres o de ropa para ayudar a aquel que lo necesita. Todos podemos siempre dar, apoyar al que lo necesita.

Amós criticó a aquellos que tenían mucho y se olvidaban de los más pobres. Jesús en la parábola nos dice cómo el rico se olvidó del que estaba ahí afuera de su casa sin comer. Jesús siempre hace su opción por los más necesitados, por los pobres. Alguien puede decir: “Es que yo casi no tengo nada”, pero todos podemos dar algo a los demás desde nuestra pobreza o desde nuestra riqueza.

Que hoy también revisemos nuestro corazón para ver qué tan generoso es con los demás, que no cerremos nuestros ojos ante la realidad. Vivimos en un mundo muy desigual a nivel mundial, pocos países desarrollados, de primer mundo, y la gran mayoría son países subdesarrollados; en nuestra sociedad también vemos una gran desigualdad y eso va en contra del proyecto de Dios, porque Dios quiere la igualdad, Dios quiere la fraternidad, Dios quiere que vivamos como hermanos, en familia.

Que el Espíritu Santo, suscite en nuestra vida, en nuestro corazón, estos deseos de no ser indiferentes, de saber compartir y saber apoyar al que menos tiene. Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla