«La oración que le agrada a Dios es la que sale del corazón de una manera humilde y sencilla»
Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús
Hoy día de las misiones les saludo a todos con alegría, pidiéndole al Señor por cada uno de ustedes, los que se encuentran aquí presencialmente en nuestra Catedral de Corpus Christi y también a los que siguen esta transmisión tanto en Arquidiócesis como en otros lugares de la República Mexicana y el extranjero; a todos les deseo la paz del Señor.
La homilía siempre es una conversación familiar a partir de la Palabra de Dios y hoy, tanto la primera lectura, del Sirácide, como el Evangelio, de Lucas, nos hablan nuevamente del tema de la oración; y la segunda lectura, de San Pablo, hace alusión a la misión de la Iglesia. Son las dos ideas que quiero yo compartir con ustedes: la oración y, a propósito del día mundial de las misiones, el DOMUND, tomar mayor conciencia de cuál es la misión de la Iglesia.
El domingo pasado, recordarán ustedes, también se trató el tema de la oración, donde en el Evangelio Jesús nos platicó una parábola que trataba de un juez malvado, injusto, y una viuda que quería justicia. La viuda iba a ver al juez de manera continua, hasta que un día el juez se cansó y le hizo justicia. La conclusión fue la siguiente: Si una persona que no era bondadosa, era malvada, escuchó la voz de la viuda por su insistencia, con mayor razón Dios nos escucha a nosotros porque es bueno y misericordioso. Nos animó a que seamos personas de oración.
Hoy trata de qué oración es la que le agrada a Dios. La primera lectura nos habla de cómo a Dios le agrada la oración de la gente sencilla, de los pobres, de los que hablan desde el corazón, con un corazón humilde. Y el Evangelio platica una parábola para que nosotros comprendamos esa oración que le grada al Señor.
Se trata de dos personas, un fariseo y un publicano. Ambos van al templo, suben al templo a orar. Aquí es importante ver las palabras y los gestos. ¿Cómo hizo oración el fariseo? De una manera erguida, nos dice el Evangelio, de pie, con la cabeza alzada, y ¿cuál es el contenido de su oración? Dijo: «Yo no soy como los otros, que son malos, yo hago ayuno, doy mi diezmo»… y ahí vemos nosotros esa actitud. Es como si nosotros fuéramos al médico le dijéramos al médico: “Me siento muy bien, no me duele la rodilla, no me duele la mano, no me duelen los ojos, escuchó muy bien”, pues no tiene sentido, porque quien va a ver al doctor, al médico, es el enfermo, para decirle sus síntomas, que se siente mal. La oración del fariseo es de autosuficiencia, de presunción, de decir: “Yo soy bueno, no soy como los demás, y hago esto, esto y esto.”
En cambio, ¿cuál es la oración del publicano? El publicano no era una persona bien vista por la sociedad. Recordemos que ellos eran recaudadores de impuestos y trataban de recaudar más para tener ellos sus comisiones, y muchas veces actuaban de una manera negativa. De tal manera que el publicano llega al templo, pero no alza la cabeza, no está de una manera erguida, sino que se agacha y le pide perdón al Señor porque no ha hecho bien las cosas, «Te pido que me perdones».
En las parábolas al final viene la enseñanza, ¿qué nos dice al final? Que salieron los dos del templo y ante Dios fue justificado el publicano y el fariseo no. La oración del publicano le agradó a Dios, porque fue una oración sencilla, humilde, quería conversión, quería cambiar su vida y le pedía perdón a Dios por sus pecados; en cambio, el fariseo no fue justificado.
La oración que le agrada Dios es donde se le reconoce a Dios como el Todopoderoso, donde se le pide su ayuda y su perdón. Platicábamos que hay oración de acción de gracias, de alabanza y de petición. Fíjense qué importante es que al inicio de la Eucaristía, en todas las celebraciones, después de que el sacerdote da el saludo dice: “Vamos a dejar unos momentos en silencio para pedirle perdón a Dios por nuestros pecados”, y en ese momento estamos invitados a pensar en nuestra vida, y en seguida se dice Yo confieso. Es decir, necesitamos nosotros sentirnos pecadores, necesitados de la gracia de Dios. La oración que le agrada a Dios es la oración que sale del corazón de una manera humilde y sencilla, porque quiere uno caminar de acuerdo a sus preceptos.
Hoy es el día que se le conoce como el DOMUND, Domingo Mundial de las Misiones, y nos recuerda a todos nosotros que la Iglesia por naturaleza es misionera, esa es su esencia. Jesús envió a sus apóstoles: «Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio.» ¿Quién tiene la obligación de anunciar el Evangelio? Todos los bautizados, cada uno de los que estamos aquí tenemos esa tarea hermosa, bella, de llevar el Evangelio a los demás y el Evangelio se lleva de dos maneras: con la palabra y con el testimonio.
Así es que hoy también tenemos que preguntarnos si realmente estamos cumpliendo con la tarea, con la misión que Jesús nos ha dejado a nosotros: Anunciarlo, hablar de Jesús, que mucha gente que no lo conoce pueda acercarse a través del anuncio, porque nosotros somos instrumentos. Después de la evangelización, de escuchar al Señor, viene la catequesis, que es un camino para que el discípulo se vaya comprometiendo con Jesucristo y su proyecto.
Hoy de manera especial pedimos por los misioneros y misioneras que están en otros países, con dificultades muy grandes, pero con el corazón lleno de alegría por anunciar a Jesús. San Pablo es uno de los grandes misioneros, hablaba y predicaba el Evangelio a tiempo y a destiempo, siempre, quería anunciar a Cristo muerto y resucitado. Pues esos misioneros y misioneras también necesitan de nuestra oración. Hoy es importante valorar lo que están haciendo las misiones “ad gentes” en otros países, en otros continentes.
Parte de la colecta que se va a recabar en todo México es para enviarla a para las misiones, a través de la OMPE, las Obras Misionales Pontificias, para que llegue adecuadamente como una ayudita para que la gente conozca al Señor, para ayudar en las necesidades de los misioneros y misioneras, para comprar biblias, para ayudar a que el Evangelio llegue cada día a más hermanos.
Que hoy se nos queden muy claras estas dos ideas: Hacer oración, pero esa oración que brota de un corazón agradecido y que va dirigida a un Dios que nos habla y nos escucha, porque es misericordioso; y, por otro lado, que seamos, en la vida cotidiana, esos misioneros y misioneras que el Señor espera. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla